La ciudad guarda los antiguos fuertes españoles, así como numerosos mosaicos bizantinos que también nos hablan del mar. Uno puede adentrarse en el Borj el Kebir, el fuerte que mandó construir el glorioso rey de Aragón, e intentar reconstruir la Historia a través de las desordenadas estatuas romanas y un más reciente sello islámico que deja bien claro que éste es, ahora, un lugar que pertenece a Alá. Pero es en el centro urbano donde se concentra la esencia, esa esencia árabe que despierta los sentidos, ese olor a especias que impregna todos los zocos, esos pueblos alfareros en los que los hombres trabajan el barro mientras las mujeres tejen. Y las refinerías de aceite de oliva siguen demostrando la eficacia de la antigua ingeniería: no hay tractores, sino camellos, y con tan sólo una cueva, una rueda y unas cuerdas, se fabrica el más exquisito aceite.
Aquí el sol es generoso y no escatima, pero el aire es fresco y vaporoso, lejos del desierto que evoca un exótico y sobrecogedor infierno, de suelo estigio, ardiente en unas llamas invisibles que sólo parecen proceder del aliento de un dragón al que Ulises supo esquivar.
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